¿Y ahora qué? Apuntes sobre Carta Ciana

“Un manto espeso cubre todo lo que nos rodea. Un denso y opaco manto ideológico que limita nuestras posibilidades de concebir un lugar más allá de lo que ya se ha dicho de él. La crítica y el arte funcionan como estiletes que al clavarse en el manto permiten que la luz se filtre, revelando un aspecto de la realidad antes oculto.” Así comenzaba la primera formulación de Carta Ciana, la que presentamos al concurso Wikiriki de Wikitoki hace ya varios meses.

El proyecto debe su nombre, en primer lugar, al azul de Prusia característico de una de las más antiguas técnicas fotográficas; la cianotipia. Un revelado monocromático, conseguido al aplicar una solución fotosensible compuesta por ferrocianuro de potasio y citrato de amonio, descubierto por el astrónomo inglés Sir John Herschel en 1842. Esta técnica, también conocida como copia al ferroprusiato, fue ampliamente empleada para la reproducción de planos de arquitectura a lo largo del siglo XIX. No obstante, fue popularizada con otra aplicación por una mujer, la botánica Anna Atkins. Amiga personal de Herschel, con quien compartía el interés por la botánica, necesitó solamente un año para publicar British Algae: CyanotypeImpressions. El que sería el primero de una serie de libros en los que documentó la flora marina y terrestre de las islas británicas. Era 1843, el año en el que se publicaron las tres únicas copias del primer libro de fotografías. Los cianotipos originales de Atkins, de una delicada y azulada precisión, descansan hoy en el Museo Británico.

Aunque esta técnica pronto fue sustituida por otras, nos pareció interesante explorar la bifurcación que experimentó esta técnica en sus orígenes: por un lado, fue ampliamente utilizada para reproducir los aristados planos arquitectónicos —la reproducción técnica que diría Benjamin; y por otro, empleada como método proto-fotográfico que permitía plasmar las delicadas formas de los seres vivos sin más artefactos que una emulsión y la luz solar. Quisimos asociar esa ramificación de dos elementos fundamentales y sin embargo frecuentemente desdeñados a la hora de pensar y enunciar el barrio: el espacio y lo sensible.

Nuestro propósito no es exponer minuciosamente la densidad de relaciones, saberes, subjetividades y sensibilidades que se conjugan en un barrio cada vez más complejo y conectado además con otros territorios transnacionalmente a través de la presencia migrante. Pero sí aspiramos a dejar atrás manidos lugares de enunciación y sentimos la obligación de desplazarnos de las imágenes del barrio instituidas[1]. Sin negar necesariamente la veracidad de los relatos a los que estamos habituados, queríamos “encontrar un vocabulario político [sensible] que se despliegue con esa inmanencia problemática sin allanar contradicciones y ambivalencias”[2].

Con este propósito, más por intuición que por absoluta convicción, acudimos a pensadoras procedentes de Sur Global. Encontrábamos que las herramientas epistemológicas desplegadas por estas autoras se adecuaban mejor a la multiplicidad de prácticas vitales y comunitarias que se entretejen en el barrio, así como la posibilidad de comprender parte de su aparente ilegibilidad. Permitiéndonos así alejarnos de los relatos limitantes y artificiosos del ámbito mediático o de la lógica del espacio maquetado de los planes y proyectos de los administradores, pero también de los reconfortantes discursos militantes o las figuras instituidas de lo vecinal.

Verónica Gago, en su ensayo “La razón neoliberal, economías barrocas y pragmática popular”, da algunas claves sobre como dotarse de este lenguaje; “este sólo surge de las prácticas del territorio abigarrado de las ciudades”[3]. Queríamos probar a mapear los elementos constitutivos del “abigarramiento”[4] que caracteriza el barrio San Francisco de Bilbao. El mapa, la carta, se presentaba como una forma interesante para formular la dimensión espacial de las relaciones de poder, propia de los planes y los proyectos de los administradores y la esfera mediática que los ampara y amplifica; y el plano sensible de la densidad lingüística, afectiva, intelectual, cooperativa del tejido social del barrio, sin obviar la complejidad y conflictividad inherentes a la vida urbana.

En el plano metodológico, la forma más sugerente de superar las palabras que “encubren”[5] —una de las principales preocupaciones de la pensadora multidisciplinar boliviana Silvia Rivera Cusicanqui— que encontrábamos era “salir y ver” como propone el colectivo Juguetes Perdidos o “curiosear y averiguar” siguiendo la estela de la propia Cusicanqui. Para después, casi como un collage, ensayar una suerte de “cartografía sensible”, un mapa de lo invisible. Partir por tanto en una deriva, de cierta desorientación voluntaria como axioma sensible, a la hora de ver que pasa en el barrio.

En esas estábamos cuando enorme falla temporal en la que estamos absorbió también nuestros planes de paseos, derivas y ganas de “curiosear”. En el momento que nos habíamos decidido a tomar acción —que pasaba, al menos en un primer momento, precisamente por deambular por las calles de forma más o menos sistemática—  llegó la pandemia que nos ha confinado en nuestras casas. Buena parte de “la movida” de nuestros barrios ha desaparecido del ámbito público, del barrio, y sus gentes se han visto recluidas en las pequeñas y, en demasiadas ocasiones, apretujadas viviendas. Con las personas y “la movida” desvanecidas —y con ellas también los conflictos y la precariedad vital— otros elementos han visto reforzada su posición en el barrio. Como salido de los sueños húmedos de un gestor del espacio, el abigarramiento ha salido de la calle San Francisco y colindantes, para confinarse en la esfera privada.

¿Y ahora qué? La frute, los pibes, el cyber, la carnicería Halal, la permuta, los corrillos, el menudeo, los tés, los rezos, el ramadán, las redadas, las chapucillas,el alterne, la plaza, el cante, la sisa, los porros, la taberna, el reparto… Todo ello replegado, y en ese repliegue, el sostenimiento de las vidas precarias ligadas a la “economía barroca” del barrio, quedan también en suspenso. Y con ellas, las remesas, la alcancía, la frágil seguridad del cuartucho alquilado. ¿Y ahora qué? 

[1]      Entre las inquietudes que llevaron al Colectivo Juguetes Perdidos a emprender un nuevo acercamiento discursivo a lo que en Argentina se ha llamado “nuevos barrios”, destaca la insatisfacción de sus integrantes con los relatos establecidos. “Aún reconociéndolas reales y, quizás, performativamente eficaces (…) se nos presentan lejanas y exteriores a nivel político, sensible, vital” (“¿Quién lleva la gorra? Violencia, Nuevos Barrios y Pibes silvestres” editado por Tinta Limón, 2018). Compartimos esa misma insatisfacción y por ello nos decidimos a explorar nuevas formas de enunciar el barrio.

[2]      Verónica Gago, La razón Neoliberal, economías barrocas y pragmática popular, Traficantes de Sueños, Madrid, 2015.

[3]      Ibid.

[4]      El término abigarrado fue acuñado por René Zavaleta Mercado, concepto que expresa la coexistencia paralela de múltiples diferencias culturales que no se extinguen sino que se antagonizan y se complementan entre sí. Cada uno se reproduce a sí mismo desde las profundidades del pasado y se relaciona con otros de una manera contenciosa.Silvia Rivero Cusicanqui  lo desarrolló, incorporando elementos de la cosmología Aymara, y acuño el concepto Ch’ixi para referirse a la yuxtaposición de identidades y formas. Verónica Gago lo desarrolla también ampliamente en la obra aquí citada para exponer la multiplicidad de prácticas desplegadas en torno a la feria La Salada, considerada la feria ilegal más grande de Latinoamérica.

[5]      Silvia Rivero Cusicanqui, Un mundo ch’ixi es posible, Tinta Limón, 2018, Buenos Aires.

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